Retrato del hombre nuevo.

“…’Los hombres son renuentes a ser totalmente buenos o totalmente malos’. Lo primero que diría a quién defendiese tal proposición sería: ‘Hable por usted mismo, no por los demás’…”
Ayn Rand.

“Separarse de la especie por algo superior, no es soberbia, es amor”
Gustavo Cerati.

Por Voltairine.

¿Qué es ser un hombre nuevo?, es quizás la primera pregunta que se nos viene a la mente. Además de aquel famoso estribillo Marxista del “hombre espiritualmente emancipado de la enajenación del trabajo”, también es el estandarte de “libertad” que los intelectuales socialistas han tratado de vender. Mario Guilli y Silvia Vázquez en su ensayo sobre el tema, afirman que el socialismo es una sociedad superior y por ello el individuo se adapta a ella, convirtiéndose en el “hombre nuevo”, a través de una “transformación revolucionaria de su personalidad”, pero ¿qué significa transformar revolucionariamente nuestra personalidad en pro de adaptarnos a esta “sociedad superior”?

El hombre de Marx como un legado intelectualmente errado.

Marx afirma que el hombre está compuesto por dos clases de impulsos o apetitos, los constantes, o de carácter fisiológico en el humano, y los relativos, que deben su origen a cierta estructura social (poniendo como mayor ejemplo al capitalismo), son necesidades creadas y no son parte de la naturaleza humana, alejándolo de su conexión espiritual consigo mismo y de la riqueza de su propio potencial. La verdad es, que esos impulsos relativos de los que Marx hablaba, son sólo una consecuencia del potencial humano, no una piedra en el camino para el desarrollo del mismo, como los socialistas nos han querido hacer creer. Tomando en cuenta esta falacia, se puede observar claramente la primera mayor incoherencia del hombre nuevo con la libertad, puesto que éste no es más que un individuo con sus necesidades no fisiológicas controladas, lesionando significativamente su propia libertad de soñar, decidir, ejecutar y consecuentemente explotar su potencial humano. Si bien Marx pretendía “liberar al hombre de las necesidades creadas por el capitalismo”, entonces ahora éste pasaba a la sumisión colectiva y coercitiva de sus propias ambiciones.

Por otro lado, Marx alegaba que el hombre sólo estaba en contacto consigo mismo adorando lo que él ha creado, pero no reconociéndose a sí mismo como un creador, mostrando al trabajo y al dinero como ídolos del humano, por ello, éste debía lograr una emancipación de la auto-enajenación generada por dichos elementos, de nuevo, otro argumento falaz, puesto que no hay nada más satisfactorio para el individuo en esencia, que poder gozar del fruto del trabajo creado y ejecutado por él mismo. El hombre en su pleno ser, honra al trabajo porque de él viene una recompensa que servirá como medio de intercambio, para permitirle llevar a cabo sus planes personales, el hombre nuevo que ve al trabajo y al dinero como ídolos malos, no lo hace porque haya dejado de necesitarlos, sino porque en carencia de incentivos, hace un vulgar culto a la mediocridad.

Para Marx, la propiedad privada también representaba un ídolo que había que abolir, decía que “el comunismo es la expresión positiva de la abolición de la propiedad privada…”, pero nuevamente Marx subestimó el concepto de la propiedad privada, ya que ¿cómo podremos proteger y hacer valer nuestros derechos individuales si no poseemos la propiedad privada de los mismos?, ¿Cómo podemos establecer acuerdos contractuales si no poseemos la propiedad privada de nuestros derechos? El hombre nuevo no valora el verdadero sentido de la propiedad privada, por lo que de él no se puede esperar que respete la propiedad privada ajena, incluyendo los derechos del otro.

Con las condiciones anteriormente nombradas, se hace muy claro ver que la visión Marxista del hombre es una visión intelectualmente errada del mismo. Claramente, la proliferación de estos especímenes, se dará en un ambiente ajustado a las condiciones que el socialismo propone.

Guillermo Rodríguez González concuerda en que el axioma moral que rige la constitución del socialismo, es la envidia. Quizás Marx sufría de éste mal, pero también creo que existe la probabilidad de que sintiera una gran pereza hacia el esfuerzo que el trabajo implicaba, así desarrolló una visión muy limitada del hombre, y digo muy limitada, ya que según Marx los únicos intereses válidos para éste se reducían al arte, la caza, la pesca, entre otros; pero, ¿acaso es invalido tener interés propio en el sector del avance de capital, y desarrollar nuestro potencial humano en eso?, ¿quién era Marx para clamar que esto era inválido en un humano?, cada humano es libre de identificar sus propios intereses, pero no de dictar cuáles son buenos y cuáles son malos para los demás.

Marx alentaba al desprendimiento, y criticaba fuertemente al capitalista avaro, indiferentemente de si ser avaro es moralmente bueno o moralmente malo, una persona de ésta clase no hace daño a terceros, como si lo puede hacer en los antivalores implícitos en el legado de aquel hombre que Marx nos dejó.

El hombre nuevo y su verdadera transformación revolucionaria de la personalidad.

La concepción del individuo de Marx pasa entonces a ser el hombre nuevo advertido por Ernesto Che Guevara, concibiendo las bases sobre las que ésta teoría se ve forjada. Considerando que el legado Marxista del hombre nuevo posee inconsistencias con la libertad que éste tanto trataba de inculcarnos, se vuelve muy fácil pronosticar que el resultado de aquella “transformación revolucionaria de la personalidad”, con el fin de adaptarse a una “sociedad superior” llamada socialismo, no es una transformación positiva del humano, sino más bien toda una serie de antivalores que observaremos más adelante, y que, de hecho, encontraremos muy familiares en nuestro entorno.

Teniendo a un individuo con sus ambiciones truncadas, se identifica el primer y quizás más común antivalor de esta especie, el conformismo. El hombre nuevo es conformista, porque cuando el Leviatán empieza a controlar sus necesidades no fisiológicas, o como les llamaba Marx: “sus impulsos relativos”, no sólo destruye cualquier clase de incentivos existentes, sino que lo vuelve un parásito, a esperas de la limosna que pueda recibir. “A caballo regalado no se le mira el colmillo”, dice el refrán, y pues en efecto, el hombre nuevo no le mira el colmillo a la limosna que el Leviatán le da, porque ¿quién puede criticar algo que le están regalando?, de hecho el único incentivo del hombre nuevo es recibir y recibir, a cambio de muy poco esfuerzo, siendo esto quizás el mayor combustible de populismo en la historia.

Contrariamente, Louis Rougier en su obra “El genio de Occidente” relata el mito griego de Prometeo, en donde éste roba el fuego de Zeus para dárselo a los mortales, presentando como moraleja que el humano naturalmente siempre va a querer cambiar su condición para mejor, ajustándola a sus propios sueños. Si adaptamos esa premisa al hombre nuevo, concluiremos que éste no cae en conformismo, no obstante procede a caer en el oportunismo, siendo éste otro gran antivalor presente en él. Marx, en sus intenciones de liberar al hombre de la carga del trabajo, no contaba con que eso no iba a extinguir la ambición humana. Desafortunadamente, la ambición del hombre nuevo ya no será aquella de verdadero valor, sino una viciada de envidia perjudicial, que pretenderá pasar por encima de lo que sea necesario con el fin de lograr el objetivo, abriendo paso a una ética colectivista, a una serie de costumbres muy arraigadas de viveza, irresponsabilidad, desacato por las normas, y pare de contar.

El hombre nuevo no quiere pasar por nada que implique demasiado trabajo, a raíz de ello, la mediocridad es otro antivalor que se hace muy presente tanto en el hombre nuevo conformista, como en el oportunista. En el primero es fácil de observar, ya que en carencia de incentivos personales, y en conformidad con la limosna del Leviatán, el hombre nuevo no está motivado a competir, mucho menos a destacarse. Asimismo, el hombre nuevo oportunista también es mediocre, porque para él es más sencillo pasar por encima de los demás e irse por el camino fácil, que recorrer el camino honesto, con tal de obtener su cometido. Éste hombre nuevo oportunista es tan mediocre como el conformista en cuestión.

A pesar de las diferencias establecidas, el conformismo y el oportunismo en el hombre nuevo no son dos antivalores mutuamente excluyentes, el hombre nuevo puede perfectamente albergar ambos en sí mismo, ya que al no poder éste cambiar su realidad, se conforma con seguir persiguiendo sus fines a través de medios oportunistas. Cayendo en un perverso letargo, en donde no sabe diferenciar con claridad al bien del mal. Cuando esto ocurre, se dejan de reconocer las buenas acciones y se empiezan a justificar las malas, Ayn Rand hablaba sobre esta “moral gris” y decía que esto es uno de los síntomas más elocuentes de la quiebra moral de la cultura actual, luego aseveraba que es “una confesión psicológica que significa: ‘No estoy dispuesto a ser bueno y, por favor, no me considere totalmente malo’…”.

La principal exigencia moral de ser conformista y oportunista, es ser indiferente a los daños ajenos, en consecuencia, nacen el irrespeto y la irresponsabilidad hacia todo aquello del cual el hombre nuevo pueda obtener un fin, pero que a la vez pueda corromper fácilmente. Esto no sólo aplica para las leyes, o los objetos materiales, también aplica a seres humanos, obviamente a aquellos más vulnerables. Desafortunadamente en esa condición encaja perfectamente el género femenino.

Ludwig Von Mises, afirma que a lo largo de la historia, los derechos femeninos han sido casi inexistentes, los hombres eran despóticos con las mujeres y a éstas no se les permitía hacer todo lo que el hombre si podía. En este sentido, Mises agrega que la igualdad de derechos con la que las mujeres cuentan hoy en día, no se debe ni a rebeliones femeninas, ni tampoco a valores religiosos, sino a los valores instaurados por el capitalismo, puesto que cuando era la mujer la que traía riqueza al matrimonio, el hombre bajo un acuerdo contractual prometía cumplir con los mismos compromisos requeridos a la mujer, entre ellos la fidelidad. El fin detrás de todo esto, era evitar que éste tuviera hijos ilegítimos, y así proteger el capital de la familia. De hecho, Mises asevera que nunca hubo hombres tan fieles como en la época del capitalismo. Esto no significa directamente que la teoría del hombre nuevo sugiera machismo, pero si el capitalismo, sinónimo de libertad real, fue el que igualó los derechos de la mujer con respecto al hombre, el rechazo de éste podría significar un retroceso hacia lo que ha sido la historia de los derechos para el género femenino. Abolir la propiedad privada, como tanto quería Marx, insinúa abolir la posesión de los derechos propios, y por ende los acuerdos contractuales de carácter mutuo, lo que podría significar que las mujeres (físicamente más frágiles que los hombres), ya no tendrían cómo defender los derechos que tanto les costó alcanzar. No en vano, Carlos Alberto Montaner en su obra “Las raíces torcidas de Latinoamérica” concuerda con Mises al hacer una reseña de la trágica historia de los derechos de la mujer, y luego señala al estereotipo clásico del “macho latinoamericano”, como un resultado de esa nefasta herencia.

Considerando que a Latinoamérica se le conoce como “la tierra de las promesas incumplidas”, porque ésta no ha logrado conocer la prosperidad, entonces no es una casualidad que el hombre nuevo, hijo de estas tierras, aquel emancipado conformista, o el poco ético oportunista, sea visto como un estereotipo de maltratador a la mujer.

El hombre nuevo, más cerca de lo que creíamos.

Erich Fromm opina en fiel defensa del legado de Marx, que ésta visión del hombre nada tiene que ver con los casos más emblemáticos de socialismo en el mundo (como el de la Unión Soviética), poniendo a uno de éstos individuos como algo muy utópico y lejano de ocurrir. Pero -sin ánimos de desacreditar a Fromm- ya hemos adaptado las condiciones que Marx proponía, le quitamos al hombre la “auto-enajenación del dinero y el trabajo”, abolimos la propiedad privada, y de pronto el hombre se volvió conformista, oportunista, mediocre, irresponsable, experto en desacatar las leyes, y hasta machista; si éste no es el hombre nuevo, no sé quién lo será. Del mismo modo, no puedo evitar cuestionar, ¿Acaso no son éstas conductas muy comunes en la mentalidad Latinoamericana?; Carlos Alberto Montaner, Plinio Apueyo y Álvaro Vargas Llosa en el “Manual del perfecto idiota Latinoamericano” coinciden en que “La revolución y el socialismo latinoamericano han producido a un hombre nuevo. El idiota tiene razón. La revolución es un laboratorio de especímenes originales”.

Efectivamente, si usted estimado lector, reconoce alguna de éstas características en su entorno, pues permítame aclararle que cualquier parecido con la realidad, no se trata de ninguna coincidencia. Sobre todo en países cuyo sistema político no poseen una igualdad ante la ley, ni respetan los derechos de los individuos. Venezuela, albergue principal del socialismo del “Siglo XXI” (no más que una concepción Marxista adaptada a la nueva era), evidencia formar a hombres dignos de todas estas características. Ser un hombre nuevo significa estar emancipado, pero emancipado de las verdaderas conductas éticas y morales que éste espontáneamente pueda tener. Tristemente, que el hombre se vea emancipado de ellas no quiere decir que esté siguiendo su naturaleza per se, sino más bien una exigencia moral resultante de una carencia de libertad. Como especifican Montaner, Apueyo y Vargas Llosa, “Lo que no nos aclaró (la revolución) fue si este ser humano distinto y original sería mejor o peor que el anterior. Si dispondría de más o menos calorías, más o menos expectativa de vida, más o menos oportunidad de trabajo, más o menos bienestar”. Qué difícil es ser un hombre nuevo, ¿No?, sobre todo si esta transformación se trata de un mero sentido de supervivencia hacia la abundante maldad de los cerebros más lavados.

Un letargo de posible despertar.

Siendo Latinoamérica el ejemplo de hombres nuevos más fehaciente y cercanos que puedo observar, entonces sobre ella quisiera establecer las siguientes conjeturas.

He escuchado muchísimas veces sobre el problema cultural que reside en esta tierra, muchos sostienen la hipótesis de que la mentalidad de los latinoamericanos está muy subdesarrollada, y por eso es necesario un gobernante “con los pantalones bien puestos”, o como lo llamaba Laureano Vallenilla Lanz, un caudillo como un “gendarme necesario”, sin embargo esto tan solo es un pretexto para buscarnos gobernantes más populistas.

El problema cultural del hombre nuevo en Latinoamérica, es que no sólo encajamos con la idea original de Marx, sino que siempre hemos carecido de libertad, gracias a nuestras raíces torcidas, y gracias a la aparición de esos caudillos innecesarios. Hay que dejar las influencias con fuerte propaganda política a un lado, porque eso tan sólo es un instrumento privativo de libertad.

Si usted toma a un hombre nuevo, que cumpla con todas las características anteriormente nombradas, y lo suelta en un país que goce de desarrollo, éste se adaptará, e incluso antes de desacatar las reglas lo pensará dos veces. Esta fórmula mágica no guarda ningún secreto, más allá que un sistema de libertad bajo un imperio de la ley. Montaner, Apueyo y Vargas Llosa, ratifican esta teoría al expresar que “el hombre nuevo que emigra y se instala en otra sociedad acaba funcionando dentro de ella, a pesar de su poca experiencia y de tener la cabeza lavada por la propaganda”, porque después de todo, éstos comparten las mismas virtudes de querer abrirse paso a base de trabajo honesto, para satisfacer sus necesidades físicas y espirituales. Dicho esto, se puede concluir que aquella teoría de establecer a un caudillo para infundir orden social, es una perversa falacia. Al hombre nuevo hay que enseñarle sobre la moneda de sus derechos, en donde una cara es libertad y la otra es la responsabilidad hacia los derechos ajenos, tratándolos a todos iguales ante la ley.

Dicho esto, podemos concluir que la mentalidad latinoamericana es producto de un nefasto legado. Montaner, Apueyo y Vargas Llosa alegan que “Lo que el hombre nuevo ha perdido en cultura democrática, no lo ha perdido en naturaleza humana”. He aquí pues, una apología a la mentalidad latinoamericana.

De aquellos que no quieren despertar del letargo, no puedo emitir muchas suposiciones, puesto que sólo uno mismo tiene la libertad de decidir entre abrir los ojos o permanecer cegado.

Cómo 60 personas entendieron los efectos de los controles de precios, sin abrir un libro.

Hace poco tuve la oportunidad de conocer a la Prof. Angela Dills, Ph.D. en economía de la Universidad de Boston, quien en un seminario nos daría una charla llamada “Mercados en acción”. Ya podía imaginarme más o menos de lo que Angela nos hablaría, pero de hecho terminé sorprendida, porque aunque ella apenas habló durante su ponencia, logró que un grupo de 60 personas entendiera sobre los efectos desfavorables de los controles de precios y los mercados intervenidos.

Lo que hizo fue muy sencillo, dividió al salón en dos partes iguales, unos jugarían a ser productores de manzanas, y la otra mitad seríamos los consumidores. A través de una hoja de instrucciones que nos entregó, podíamos ver cinco rondas distintas y en cada una de ellas, los productores tenían un costo mínimo para producir una manzana, y los consumidores la cantidad máxima que estarían dispuestos a pagar por el producto en cuestión, cabe destacar que todos los números eran diferentes para todas las personas y durante todas las rondas.

Pero como toda buena economista, no podía hacernos jugar tan fervorosamente sin darnos un incentivo primero, y este consistía en que el productor que vendiera más caras sus manzanas se ganaba un libro, lo mismo ocurriría para los consumidores que lograran comprar manzanas a los precios más bajos, ¿Quién podría resistirse a esto?, todo lo que debíamos hacer era jugar lo mejor que pudiésemos, y acercarnos al final de cada ronda para contarle a Angela en cuánto habíamos comprado o vendido nuestras manzanas. Al registrar estos datos en su computadora, no sólo llevaría el record para determinar a los ganadores, sino que los tabularía para poder observar el “trading” o la dinámica comercial en cada ronda.

Dentro de las primeras dos fases de juego, el dinamismo fue fantástico, se podía escuchar el regateo de muchos para vender sus manzanas más caras o comprarlas más baratas, todos querían ganar. Al final de estas rondas, las gráficas de los datos indicaban que había habido un nivel de comercio muy movido, y el índice de personas que se quedaron sin comprar o vender fue casi nulo.

Para la tercera ronda, Angela  agregó una nueva regla al juego, la cual cito a continuación: “supongamos que yo soy la ley” dijo, mientras se empezaban a escuchar unas risas en el salón, y prosiguió: “las manzanas son muy sabrosas y muy sanas para todos, por lo que yo pienso que todos deberían tener derecho a adquirirlas, es por eso, que colocaré un precio máximo a los productores de 0.80 centavos de dólar por manzana”.  Los consumidores se emocionaron, porque significaba que podrían comprar sus manzanas aún más baratas, quien sabe si por debajo de 0.80 centavos, y así estarían más cerca de ganar. El problema fue que casi ningún productor quiso vender sus manzanas, y los pocos que pudieron venderlas (porque su costo de producción no se veía afectado), no lo hicieron por debajo del precio establecido a pesar del constante regateo de los consumidores. La gráfica final de esta ronda reveló que la dinámica comercial había sido muy pobre, no era de extrañarse ya que casi todos los consumidores salieron con las manos vacías.

Para la siguiente y última ronda, Angela cambio la regla del precio máximo a una de un precio mínimo de 1 dólar por manzana. Es bastante claro lo que ocurrió después, ningún productor quería vender sus manzanas por debajo de ese precio (independientemente de sus costos de producción). Por otro lado, casi ningún consumidor estaba dispuesto a aceptar los precios que ofrecían.  No nos sorprendimos cuando vimos la información que arrojó la gráfica de esa ronda, ya que la dinámica comercial volvió a ser muy deficiente.

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Es cierto que detrás de este juego el incentivo implícito era ganar un libro, no hubiésemos jugado con aquella competitividad de no haber sido por eso. Aunque en ausencia de incentivos reales, quizás no hubiésemos actuado como lo hacemos en la vida real.     

Al terminar, se premió a los dos ganadores como se había prometido, pero lo más importante aquí fue la gran reflexión que nos dejó este sencillo juego, la cual Angela resumió en cuatro puntos centrales, y a los que les agrego mis propias aseveraciones:

1.- Incluso lo que se ve desorganizado, tiende a converger en un precio de mercado: Si bien es cierto que cada uno de los participantes tenía sus propias instrucciones para comerciar en una hoja, con números completamente desordenados y aleatorios, las negociaciones siempre fueron posibles, por lo que casi nadie salió con las manos vacías luego de las rondas en donde el mercado permaneció libre, a diferencia de las rondas en donde hubo controles de precios.  

2.- Los precios son incentivos: Si un productor está dispuesto a cambiar su manzana por una cantidad determinada de dinero, no es porque la manzana sea equivalente a esa cantidad de dinero, sino porque productor valora más ese dinero que su manzana, y el consumidor por su parte, valora más la manzana que la cantidad de dinero que está dispuesto a pagar (valoración subjetiva). Ahora bien, el hecho de que el intercambio se haga o no, dependerá de que ambas partes puedan ganar en coherencia con su  propia escala de valoración. Si el precio es lo que determina la condición del intercambio, entonces éste funcionará como el incentivo.  

3.- La gente responde a esos incentivos: Porque todos los individuos siempre buscarán la maximización de sus beneficios. Cuando se estableció un control de precio máximo, los consumidores se incentivaron mientras que a los productores les ocurrió todo lo contrario. Cuando se estableció un control de precio mínimo, los productores respondieron al incentivo mientras que los consumidores dieron un paso atrás.

4.- El comercio es beneficioso: No sólo para la satisfacción los intereses individuales de consumidores y productores, sino también para el aprovechamiento de recursos. Supongamos que las manzanas hubiesen existido realmente, pues posiblemente se hubiesen descompuesto tras no poder comerciarse por los controles impuestos en las últimas dos rondas, y hubiesen terminado como un recurso inutilizado.

Por razones obvias, se me hizo muy sencillo pronosticar lo que ocurriría cuando se establecían los controles de precios. Pero después de esta experiencia, entiendo aún mejor que, aunque la acción humana es un poco difícil de pronosticar o medir, los cuatro puntos anteriores son una realidad innegable. Tanto así, que Angela pudo evidenciarlo a 60 personas, sin necesidad de abrir un solo libro, ni citar a alguno de los economistas que tanto admiro, ni defender explícitamente alguna teoría económica.

Esto fue empíricamente un mercado en acción.

Sobre las “Últimas noticias del Nuevo Idiota Iberoamericano”

Hace una semana me llevé una grata sorpresa, al encontrar en una librería local “Las últimas noticias del nuevo idiota Iberoamericano”,  de Plinio Apuleyo, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa, o como a muchos les gusta llamarles, “los tres chiflados del liberalismo”. Tengo que reconocer que no sabía de la existencia de esta publicación, por lo que compré una sin pensarlo.

Al perfecto Idiota Latinoamericano ya lo conocimos en el primer libro que describieron en forma de manual. Conocimos al idiota tan profundamente, que con sólo asimilar su forma de pensar y actuar, pudimos establecer un patrón.  Y si bien aún no he leído “El regreso del Idiota”, es sencillo notar que esta nueva edición se enfoca en un análisis de tono político, económico y social de la región iberoamericana, ayudándonos a identificar en dónde está ese patrón de idiota en nuestra realidad actual.

Este libro es ideal para todos aquellos que quieran “ponerse al día” con el escenario latinoamericano actual. Aunque los que ya se han puesto al día, igualmente encontrarán un análisis muy interesante de la mano de los autores, sin desperdiciar el tono satírico que, en mi opinión, caracterizó al Manual del Perfecto Idiota, y del cual muchos pudimos disfrutar.

No niego que me hubiese gustado leer un poco más sobre Chile y Brasil en este libro (quizás sólo para que la lectura me durara un poco más), no obstante puedo afirmar que me gustó mucho, tanto así que no podía dejar de mencionarlo aquí.

 

 

Esta reseña es sólo el punto de vista de una lectora aficionada.